Desde adentro hacia fuera: la limpieza de Dios en nuestro interior

Muchas veces cometemos el error de creer que las transformaciones que Dios quiere obrar en nuestras vidas ya pasaron en el momento de nuestra conversión. Es verdad que muchos de los cambios ocurren inmediatamente luego de nuestro encuentro con Jesús, pero gran parte de ellos van ocurriendo a lo largo de nuestro caminar con Dios. Es lo que llamamos santificación. La salvación la recibimos por fe cuando creemos en Cristo como nuestro Salvador; por otro lado, la santificación continuará durante toda nuestra vida en la tierra. Ella es el resultado de los cambios que Dios va haciendo en nuestro interior.

En ese proceso de transformación, podemos reconocer algunas etapas que normalmente ocurren:

1) Examen

“Jehová, tú me has examinado y conocido. (...) Ve si hay en mí camino de perversidad” (Salmo 139:1,24a).

El primer paso para el cambio de vida es dejar que Dios nos examine, o sea, darle espacio para que Dios rastree nuestro interior y nos enseñe si existe orgullo, raíz de amargura, heridas de la infancia o cualquier otra cosa que impida que Dios brille a través de nosotros; algo que esté sirviendo de obstáculo para que reflejemos la naturaleza de Cristo. Dios ciertamente encontrará algo. Y eso nos causará dolor en un primer momento. Ser confrontado con los propios errores, verse a uno mismo en el espejo sin máscara alguna duele bastante. A veces nos quedamos asustados por tanta suciedad, tantos cuartos oscuros y llenos de polvo dentro nuestro, que nosotros mismos ignorábamos. Es como abrir la puerta del armario en el cual tú vas amontonando cosas y que, un día, al abrirlo, ellas caen encima de ti. Aquí empieza la próxima etapa, el quebrantamiento.

2) Quebrantamiento

“Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmo 51: 17b).

El ser humano tiene tendencia a resistirse a los cambios. Todos nosotros ya tuvimos alguna experiencia de cambio (por ejemplo, cambio de ciudad o de trabajo) y son frecuentemente impactantes. Por eso, sólo un corazón quebrantado se rendirá al actuar de Dios.

Dios espera que podamos abrir nuestro corazón en su presencia, sin restricción, miedo o vergüenza. En nuestros momentos de intimidad con Dios debemos decirle a Él todo lo que sentimos, asumir nuestras debilidades, errores y dificultades. Por ejemplo: “Señor, yo sé que debo amar a fulano, pero él es una persona tan difícil… Enséñame, porque dentro en mí tengo rabia y aversión por esa persona”. Aunque Dios no se agrade de nuestras actitudes, Él comprende declaraciones como esas. Él no te recriminará por tu sinceridad. Él te oirá y empezará a actuar amorosamente, si tú se lo permites.

No dudes en desvestirte de la vieja naturaleza delante de Aquel que es el único que te conoce muy bien, Aquel que conoce las profundidades de tu alma. Para Dios nada será sorpresa, Él ya te conocía antes de que tú nacieras.

3) Transformación 

“¿No podré yo hacer con vosotros como este alfarero, casa de Israel?, dice Jehová. Como el barro en manos del alfarero, así sois vosotros en mis manos, casa de Israel” (Jeremías 18:6).

 Dios trae toda la suciedad que está en nosotros a la vista para que estemos convencidos de que hay mucho por cambiar en nuestro interior. Quizás sea necesario echar fuera muchas cosas. En los ya mencionados “armarios” tenemos siempre un souvenir que hemos ganado en la infancia o juventud y que siempre pensamos en echar fuera, pero desistimos porque creemos que algún día podrán servir para algo. Los años pasan y ellos continúan allí, solamente ocupando espacio y llenándose de polvo. Así es nuestro corazón.

 Renunciamos así a nosotros mismos y se da inicio a la transformación. El método de Dios no es mágico e instantáneo (aunque Él tenga poder para hacerlo). Él es gradual, paulatino y a veces lento. Dios no nos cambia en personas mejores del día a la noche. Al contrario, Él pondrá en nuestras vidas personas que nos irriten, situaciones que tarden en resolverse y pruebas. O sea, cosas que exigirán de nosotros una reacción diferente de la que estábamos acostumbrados a tener. El alumno demuestra que aprendió cuando saca una buena nota en un examen. Así también sucede con nosotros. La paciencia, por ejemplo, se manifiesta cuando algo tarda; la mansedumbre, cuando somos provocados; el perdón, delante de una ofensa.

 Así que no es fácil pasar por el proceso de cambio que Dios quiere. Pero, aunque parezcan lentos y dolorosos, sus métodos son siempre más eficaces y duraderos. Cuando una herida es verdaderamente sanada, no va a sangrar más. Una vez que una debilidad sea vencida, ya no te llevará a pecar más.

 A nosotros nos cabe no desanimarnos. La perseverancia en las pruebas es el gran secreto para vencer la vieja naturaleza. Dice Santiago: “Pero tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna” (Santiago 1:4).

4) Servicio

“Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios y no de nosotros” (2 Corintios 4:7). 

El resultado de la transformación es una vida llena del Espíritu Santo. Todas las etapas anteriores son usadas por Dios para que nos vaciemos de nosotros mismos y así haya lugar para que el Espíritu Santo domine nuestras emociones, sentimientos, voluntades y pensamientos. Sólo con la ayuda del Espíritu Santo lograremos dar respuestas maduras ante situaciones difíciles.

Cuando estemos llenos del Espíritu será también el momento de ser usados por Dios para su servicio. Es el momento de compartir con otros lo que has aprendido y dejar que tu corazón trasborde. He aquí uno de los objetivos más bellos de todo el proceso de cambio: Dios tenía primeramente que cambiarte a ti para que tú pudieses ser usado para cambiar otras vidas.

El gusano pasa por una verdadera metamorfosis hasta que se transforma en una linda mariposa. Los árboles más hermosos son aquellos que pasan por las podas más rigurosas. Los creyentes más útiles en las manos de Dios son aquellos que se dejan cambiar por el Señor y que experimentan el privilegio de ser usados por Él para su gloria, aun siendo vasos de barro.

Sin embargo, tenemos que estar atentos. Como en una casa que pasó por una gran limpieza, los días pasarán y el polvo nuevamente se acumulará. Mantener

la casa limpia es la mejor estrategia para que la casa esté organizada. Así también es nuestra vida espiritual. Es necesario vivir de manera consagrada, estar entregado y en comunión con Dios. Así vamos a seguir viviendo los cambios y experimentaremos el gozo de “andar en vida nueva” (Romanos 6.4).

“Por tanto, no desmayamos; antes, aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día” (2Co 4: 16).