La familia de Dios

Una joven cristiana, oriunda de Venezuela, deseaba participar de un evento
juvenil cristiano, que se llevaría a cabo en Buenos aires, Argentina. Luego de
comprar el boleto de avión, su familia comenzó a contactarse con hermanos
que pudieran darles alguna referencia de cristianos de ese país, para
conseguir un lugar donde la joven pudiera alojarse. A través de hermanos
residentes en Europa, lograron establecer contacto con una familia argentina,
que se ofreció con mucho amor a hospedarla y asistirla en lo que fuese
necesario. Aunque suene extraño, el sueño de esta joven comenzó en
Venezuela, paseó por Europa y finalmente se concretó en Argentina.

Probablemente algunas personas puedan pensar que todo esto se logró
gracias a la eficacia de la tecnología, pero es conveniente decir que, sin un
receptor con un corazón dispuesto a bendecir a otros, ningún correo
electrónico hubiera sido eficaz. El amor en acción fue la clave. El resultado,
acciones de gracias a Dios.

Qué maravilloso don es la hermandad en Cristo, “siendo muchos, formamos
un solo cuerpo en Cristo, y cada miembro está unido a todos los demás”
(Romanos 12:5, NVI). No hay distancia ni frontera que pueda quebrar ese
lazo que nos une como hermanos, lazo invisible que muchas veces nos lleva a
orar o a realizar algo por alguno de ellos, aunque nunca le hayamos visto
personalmente y solo conozcamos su nombre.

En el cuerpo de Cristo encontramos todo lo que necesitamos para edificarnos
como cristianos, según los dones que han sido dados por Dios: “Tenemos
dones diferentes, según la gracia que se nos ha dado” (Romanos 12:6, NVI).
Allí somos exhortados, animados, asistidos, enseñados, socorridos, dirigidos,
etcétera.

Muchas veces Satanás susurra al oído de los escogidos de Dios enunciados
falsos sobre la hermandad en Cristo, sugiere supuestos mentirosos sobre los
miembros de la familia de Dios y utiliza toda clase de calumnias y ataques en
contra de la unidad de la iglesia. Por eso es importante estar atentos, “pues
no ignoramos sus artimañas” (2 Corintios 2:11, NVI), y sostenernos unos a
otros.

 

Para finalizar, en Romanos 12: 9–16 encontramos una lista rica para bendecir
a otros, tal vez sería bueno leerla de nuevo y proponernos metas diarias para
ser de bendición:

El amor debe ser sincero.

Ámense los unos a los otros con amor fraternal, respetándose y honrándose
mutuamente.

Nunca dejen de ser diligentes.

Ayuden a los hermanos necesitados.

Practiquen la hospitalidad.

Alégrense con los que están alegres.

Lloren con los que lloran.

Vivan en armonía los unos con los otros.

No sean arrogantes, sino háganse solidarios con los humildes.

Es posible que en este momento algún hermano esté necesitando una
oración intercesora o amor en acción. “Por lo tanto, siempre que tengamos la
oportunidad, hagamos bien a todos, y en especial a los de la familia de la fe”
(Gálatas 6:10, NVI).

                                                                             Autora: Patricia Cappello-Götz