Las paradojas de Dios: Entendiendo cómo Dios obra en nuestras vidas

Aunque Dios se dé a conocer a los hombres a través de Su Hijo Jesús (“expresión exacta de Su ser”), nunca podremos comprenderlo por completo; seremos siempre criaturas delante del Creador; sabremos solamente aquello que Él nos quiera revelar.

Y para eso Dios nos dejó la Biblia, como la máxima revelación de la Verdad, de los propósitos divinos para el hombre y también del propio Dios, Su carácter y Sus promesas para nosotros.

Haciendo un análisis de las Escrituras, podemos percibir en ella una presencia significativa de paradojas. A saber, una paradoja es una figura del lenguaje, un recurso literario que el diccionario de la Real Academia Española define como: “Idea extraña u opuesta a la común opinión y al sentir de las personas. Ret. Figura de pensamiento que consiste en emplear expresiones o frases que envuelven contradicción.”

No obstante, en la Biblia, la paradoja está lejos de ser apenas un recurso discursivo; la paradoja es, en sí, una de las maneras por la cual Dios obra, esto es, Dios cumple muchas de Sus promesas en nuestras vidas a través de situaciones y condiciones que, a primera vista, parecen contradictorias.

Analicemos el proceso de la conversión, que es lo que nos acontece primeramente en nuestra relación con Dios. Entendemos que la salvación es obra exclusiva de Dios, ¿verdad? ¿Mas cuál es la participación humana en la salvación? Es solamente creer en eso; es reconocer que no podemos salvarnos a nosotros mismos, que precisamos de la gracia y del perdón de Cristo en nuestras vidas. Aquí está la primera y maravillosa paradoja: precisamos negarnos a nosotros mismos para afirmar a Jesús; precisamos perder nuestra vida aquí, para ganarla en la eternidad; precisamos morir, para que Cristo viva en nosotros. Sí, la muerte de Cristo es, en sí, una paradoja: Él murió para que tuviésemos vida en Él; Él se humilló, para después ser exaltado por Dios.

Pablo también nos da muchos ejemplos de cómo Dios obra paradójicamente en nuestras vidas. Él reconoció que: “el poder se perfecciona en la debilidad”. ¿Así, cuál es la condición para experimentar el poder de Dios en nuestras vidas? Es estar débiles, quebrantados, humillados, pues solo así admitiremos nuestra dependencia del Señor, no confiaremos en nuestras propias fuerzas y capacidades y Él podrá entonces obrar con poder a través de nosotros. Pablo describe, por lo tanto, una verdadera paradoja: “Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2Co 12:10b, NVI).

¿Queremos experimentar la suficiencia de la gracia de Dios en nuestras vidas? Probablemente entonces tendremos que pasar por alguna privación para probar eso. ¿Cómo podremos saber, en la práctica, que la gracia de Dios nos basta, si no pasamos por escasez de otras cosas, como dinero, salud, etc.? Mientras tenemos todas esas cosas, no podremos saber que la gracia de Dios, por sí sola, nos sustenta. Aquí tenemos una misteriosa (y linda) paradoja: ¡cuando no tenemos nada, tenemos la gracia de Dios, que es todo para nosotros!

¿Queremos que la alegría de Dios sea nuestra fuerza? Precisamos, entonces, experimentar momentos de tristeza y vencerlos, permitiendo que esa alegría que viene de Dios, y no de las circunstancias, triunfe sobre las tristezas. Si no pasáramos por momentos de angustia y tristeza, jamás sabríamos que la alegría de Dios es la que nos fortalece; al contrario: podríamos acreditar que otros factores son la razón de nuestra alegría.

¿Usted quiere ver a Dios trabajando en su vida? ¡Aquiétese y espere en Él! Podemos pensar que tenemos siempre que estar haciendo algo para Dios para que así Dios actúe en nuestras vidas. No obstante, leemos en Isaías 64:4 “que Dios trabaja para aquel que en Él espera.”

Dios obra así, precisamos aprender. Situaciones aparentemente contradictorias y paradójicas son en verdad un escenario perfecto para el cumplimiento de las promesas de Dios en nuestras vidas.

¿Queremos tener vida plena? En Dios, paradójicamente, cuando morimos a nosotros mismos, entonces es que tenemos vida, ¡y vida en abundancia!

 

¡Que Dios nos bendiga!